El lunes 17 de noviembre de 2014 el Rabino Sacks intervino
en el Congreso Internacional sobre “La complementariedad del hombre y la
mujer” que se ha celebrado con el patrocinio de Papa Francisco (más
informaciones en http://humanum.it).

Reproducimos la versión integral de su ponencia traducida al español.

Hoy quiero empezar mi ponencia contando la historia de una de las más
fascinantes ideas en la historia de nuestra civilización. Desde luego, la
que propondré a continuación es solamente una entre las muchas formas en
las que ésta puede ser contada; desde mi punto de vista se trata de una
historia que puede ser dividida en siete momentos clave, cada uno de los
cuales tiene tanto de sorprendente como de inesperado.

El primero de dichos momentos, de acuerdo con un reportaje periodístico que
apareció en la prensa el pasado 20 de octubre, tuvo lugar hace
aproximadamente 385 millones de años en Escocia. Fue entonces cuando, según
este nuevo descubrimiento científico, dos peces se unieron para realizar el
primer ejemplo conocido de reproducción sexual.

Hasta ese momento, de hecho, toda la vida se había propagado de forma
absolutamente asexuada, mediante división celular, germinación,
fragmentación o partenogénesis. Cada una de estas modalidades ha de ser
considerada en absoluto más elemental y económica en comparación con la
reproducción de la vida entre macho y hembra, en la que ambos desempeñan
roles distintos y muy específicos en la creación y el sustentamiento de la
vida.

También dentro del reino animal si se consideran el esfuerzo y la energía
necesarios a la unión entre macho y hembra –en cuanto a exposición,
rituales de cortejo, rivalidad y violencia– resulta realmente increíble
pensar cómo la reproducción sexual subsista a pesar de todo esto, y los
biólogos todavía no han podido proporcionar una explicación exhaustiva.
Algunos consideran que se debe a una estrategia de protección contra los
parásitos, o a un remedio que mejora la inmunidad contra las enfermedades.
Otros apuntan más sencillamente que el encuentro entre opuestos es
funcional a la creación y al mantenimiento de la diversidad. De todas
formas, esos dos peces en Escocia descubrieron algo en absoluto nuevo y
maravilloso que desde entonces ha sido remedado prácticamente por todas las
demás formas de vida más evolucionadas. La vida comienza cuando una hembra
y un macho se encuentra y se abrazan.

El segundo e inesperado desarrollo en nuestra historia ha sido el singular
que el Homo Sapiens ha tenido que encarar en dos distintos frentes: si por
un lado hemos alcanzado la postura erecta –que además de ocultar los
genitales femeninos también los ha comprimido notablemente– por el otro
hemos desarrollado una capacidad craneal mayor –con un crecimiento del
300%–, lo cual comporta haber llegado a tener cabezas cada vez más grandes.
El resultado ha sido que los cachorros humanos debían nacer prematuramente
respecto a los de otras especies, al punto que necesitaban, después del
nacimiento, de una protección prolongada y un que hacer más laborioso y
difícil por parte de la madre. Esto, a su vez, ha conllevado que se hiciese
necesaria la presencia de dos personas para asegurarles el cuidado.

Por lo tanto, se trata de un fenómeno bastante insólito entre los mamíferos
que establecen un vínculo de pareja, dado que en las otras especies la
contribución del macho tiende a limitarse al mero acto del apareamiento.
Entre la mayor parte de los primates, por ejemplo, el padre nunca reconoce
a sus hijos, ni tampoco cuida de ellos. Entre las otras especies del reino
animal, mientras la maternidad tiende a ser universal, la paternidad
representa un hecho claramente inusual. Es, pues, con el advenimiento del
ser humano que surge el fenómeno por el cual los padres biológicos
conjuntamente cuidan de sus hijos. Hasta ese momento podemos hablar
exclusivamente de naturaleza, mientras que desde entonces he aquí que
aparece la cultura, esto es, la tercera excepcional sorpresa de nuestra
historia.

Al parecer, en las sociedades de cazadores-recolectores la unión de pareja
representaba la norma. Con la invención de la agricultura, la plusvalía
económica, la creación de las ciudades y el surgimiento de las
civilizaciones, por primera vez empezaron a hacerse patentes las
desigualdades entre ricos y pobres, entre pudientes y pobres. Los enormes
Zigurat de Mesopotamia y las pirámides del antiguo Egipto, con sus amplias
bases y los vértices estrechos, eran representaciones monumentales en
piedra de sociedades fuertemente jerarquizadas, en donde el poder estaba
concentrado en manos de un círculo de pocas personas que lo ejercitaban
sobre el resto de la población. Y la expresión de poder más obvia entre los
machos alfa, bien entre los humanos bien entre los primates, consistía
justamente en la gestión del acceso a las hembras fértiles. Es así cómo
podemos justificar el fenómeno de la poligamia, cuya existencia se registra
entre el 95% de lo mamíferos y el 75% de las sociedades conocidas y
estudiadas por los antropólogos. En este sentido la poligamia puede ser
considerada la expresión más alta de desigualdad, puesto que les impide a
los machos la posibilidad de tener una mujer y unos hijos. Desde siempre a
lo largo de la historia, tanto entre los humanos como para el resto de los
animales, la envidia sexual ha representado un factor generador de
violencia.

Esto es justamente lo que hace tan revolucionario el primer capítulo del
Génesis, cuando afirma que cada ser humano, sin diferencia de clase, color,
cultura o fe, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios mismo. Sabemos
que en la antigüedad soberanos, reyes, emperadores y faraones eran
considerados manifestaciones o emanaciones divinas. Por lo tanto, la
novedad revolucionaria introducida por el relato del Génesis está en el
hecho de que todos somos considerados, en un cierto sentido, reyes. Cada
uno tenemos igual dignidad en el reino de la fe y bajo la soberanía de
Dios.

De aquí que cada uno de nosotros tiene el mismo derecho de construir un
matrimonio y tener hijos, que es precisamente la razón por la que,
independientemente de cómo leamos la historia de Adán y Eva –y sí que hay
diferencias sustanciales entre la lectura hebrea y la cristiana– la regla
básica de la historia es que tiene que haber una mujer y un hombre. O como
dice la misma Biblia: «Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y
se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Efesios, 5:31).

Pese a esto, la monogamia no se convierte inmediatamente en la norma,
incluso dentro del mundo de la Biblia. Sin embargo, muchas de las historias
que en ella se cuentan, como por ejemplo la del conflicto entre Agar y
Sara, la de Lea, Raquel y sus hijos, la vicisitud de David y Betsabé, o la
de Salomón y de sus muchas mujeres, todas ellas representan críticas que
marcan el camino progresivo hacia la monogamia.

Así se establece una profunda relación entre monoteísmo y monogamia, de la
misma forma en que se da, por el contrario, entre adulterio e idolatría. De
hecho, el monoteísmo y la monogamia conllevan una relación muy estrecha
entre el Yo y el Tú, entre yo y el otro, bien sea éste un otro humano o
bien divino.

Lo que convierte el advenimiento de la monogamia en un acontecimiento
inusual es que comúnmente los valores de una sociedad suelen ser los que
imponen los de arriba, esto es, la clase dirigente. En cualquier sociedad
jerarquizada la clase dominante tiende a perseguir la promiscuidad y la
poligamia, puesto que ambas multiplican las posibilidades de reproducción
de los genes y, por ende, su transmisión a las generaciones sucesivas. Con
la monogamia, en cambio, los ricos y pudientes tienen mucho que perder,
mientras que los pobres y miserables ganan. Por lo tanto, la llegada de la
monogamia va contra el flujo normal del cambio social, y ha representado el
verdadero éxito de una dignidad e igualdad universales.

Cada pareja de esposos son reyes; cada hogar se convierte en un palacio
real cuando está amueblada de amor.

El cuarto considerable desarrollo tiene que ver justamente con el modo en
el que éste ha influenciado la vida moral.

Ya todos conocemos el trabajo de algunos biólogos evolucionistas quienes,
sirviéndose de numerosas simulaciones computerizadas y de la
experimentación reiterada del dilema del prisionero, han podido explicar el
porqué de la existencia del altruismo mutuo entre todas las especies de
animales sociales. Nos portamos así como queremos que los demás hagan con
nosotros y les respondemos exactamente como ellos nos responden a nosotros.
Como apunta C. S. Lewis en su libro La abolición del hombre, la
ética de la reciprocidad es la regla de oro compartida por todas las
grandes civilizaciones.

La extraordinaria novedad introducida por la Biblia judía es la idea que el
amor, y ya no sólo la corrección y la honestidad, es un principio guía para
la consecución de la vida moral· Tres declinaciones del amor: «Y amarás a
Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus
fuerzas» (Deuteronomio, 6:5). «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo,
22:37–39). Y el tercero, que se repite no menos de treinta y seis veces en
los libros de Moisés, «Mostrad, pues, amor al extranjero, porque vosotros
fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto» (Deuteronomio, 10:19). O por
decirlo de otra forma: así como Dios creó el mundo natural en el amor y la
misericordia, asimismo se nos precisa que creemos el mundo social en el
amor y la misericordia. Y ese amor es una llama que ilumina el matrimonio y
la familia. La moralidad no es otra cosa sino el amor entre los cónyuges,
entre padre e hijo, extendido hacia fuera, al resto del mundo.

El quinto desarrollo es el que ha forjado la entera experiencia del pueblo
judío. En el antiguo Israel una forma prístina y ancestral de acuerdo,
llamada alianza, se convirtió luego en un modo nuevo de pensar la relación
entre Dios y la humanidad, como en el caso de Noé, entre Dios y un pueblo,
como en el caso de Abraham y, sucesivamente, con los israelitas en el Monte
Sinaí. Una alianza es como un matrimonio, un compromiso de lealtad y
confianza mutuas entre dos o más personas, en el respeto mutuo de la
dignidad e integridad del otro, para trabajar juntos, para conseguir juntos
lo que ninguno de los dos puede conseguir solo. Y hay una cosa que hasta
Dios no puede lograr por sí mismo, es decir, el hecho de vivir dentro del
corazón humano. Y por eso nos necesita.

En este sentido la palabra hebrea emunah, equivocadamente
traducida por fe, en realidad significa lealtad, fidelidad, firmeza, determinación, en otros
términos, no echarse atrás cuando el camino se complica, sino creer en el
otro y honrar la confianza que nos tiene. Lo que el Testamento hizo, y se
puede ver en casi todos los profetas, ha sido comprender la relación entre
nosotros y Dios en los términos de una relación entre hombre y mujer, entre
esposo y esposa. El amor se convierte así no solamente en la base de la
moralidad, sino también de la teología. En el judaísmo la fe es una forma
de matrimonio. Y esto se hace patente de la forma quizá más diáfana en el
paso en el que el mismo Oseas pronuncia en el nombre de Dios:

Te desposaré conmigo para siempre;

te desposaré conmigo en justicia, y en derecho, en amor y en compasión,

te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor (Oseas,
2:19-20).

Los judíos pronuncian estas palabras casa mañana durante los días
laborales, mientras se envuelven las correas del tefillin –en
castellano es un instrumento conocido con el nombre de “Filacteria”, y
consiste en dos pequeñas cajitas de cuero kasher que se utilizan en la
oración de la mañana. N.d.T.– alrededor del dedo como si fuera un
anillo nupcial. Así, cada mañana renovamos nuestro matrimonio con Dios.

Esto nos lleva a la sexta y muy sutil idea según la cual verdad, belleza,
bondad y la misma vida no existen en ninguna persona o entidad, sino que
residen en el “entre”, en lo que Martin Buber definió Das Zwischenmenschliche, esto es, la interpersonalidad, la
complementariedad del hablar y ser escuchados, del dar y recibir. En la
Biblia judía y en la literatura rabínica, la conversación es el vehículo de
la verdad. En su revelación, mientras habla, Dios nos pide que lo
escuchemos; en cambio, en la oración, somos nosotros quienes hablamos con
Dios, pidiéndole que nos escuche. Nunca hay una voz única. En la Biblia los
profetas conversan con Dios, así como en el Talmud dos rabinos hablan entre
ellos. Por esto, en ocasiones, pienso que la razón por la que Dios eligió
al pueblo judío yace justo en Su amor por el debate. El judaísmo es una
conversación caracterizada por la presencia de más voces, no menos
apasionante que, en el Cantar de los Cantares, el dueto entre un hombre y
una mujer, entre el amante y el amado, y que el Rabino Akiva llamó el Santo
de los Santos de la literatura religiosa.

El profeta Malaquías llama al sacerdote varón el guardián de la ley de la
verdad. El libro de los Proverbios define a la mujer de valor «en cuya
lengua reside la ley de la amorosa bondad». Entonces, es precisamente en la
comunicación entre las voces de la mujer y del hombre, entre verdad y amor,
justicia y misericordia, ley y clemencia, donde se estructura la vida
espiritual. En la época del Antiguo Testamento cada judío debía entregar
medio siclo [antigua unidad monetaria de Israel. N.d.T.] a la
entrada del Templo para recordarnos que sólo somos una mitad. Hay culturas
según las cuales no somos nada, otras en cambio para las que lo somos todo.
La visión hebrea afirma que sólo somos una mitad, y que es menester que nos
abramos al otro si queremos convertirnos en un todo, en un conjunto.

Todo lo dicho hasta aquí nos lleva al séptimo descubrimiento según el cual,
siempre en el judaísmo, la casa y la familia se convierten en el eje
vertebrador de la vida de fe. En el único verso de la Biblia judía en donde
se explica el porqué Dios eligió a Abraham, Él dice: «Porque yo lo he
escogido para que mande a sus hijos y a su casa después de él que guarden
el camino del Señor, haciendo justicia y juicio» (Génesis, 18:19). Abraham
fue elegido no para gobernar un imperio, mandar un ejército, realizar
milagros o pronunciar profecías, sino por el simple hecho de ser un padre.

En uno de los versos más célebres de la literatura hebrea, y que nosotros
pronunciamos casa día y cada noche, Moisés advierte, «Y estas palabras que
yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y
hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al
acostarte, y cuando te levantes» (Deuteronomio, 6: 6-7). Los padres han de
ser educadores, la educación es la conversación entre generaciones, y la
primera escuela es la casa.

Y es por esto que los Judíos se han convertido en un pueblo tan
profundamente orientado a la familia, y esto ha sido lo que nos salvó de la
tragedia. Después de la destrucción del Segundo Templo en el año 70, los
Judíos fueron desperdigados a la fuerza por el mundo, dondequiera han
representado una minoría sin derechos y han sufrido algunas de las
persecuciones más atroces que un pueblo haya conocido jamás. Pero, a pesar
de esto, han sobrevivido justamente por no haber perdido nunca tres cosas
fundamentales: el sentido de la familia, de la comunidad y de la fe.

Dichos valores los renovamos cada semana y en particular en el Shabbat, el
día del descanso, que es cuando le damos a nuestro cónyuge, a nuestros
familiares lo que más necesitan en absoluto, y de lo que, sobretodo hoy
día, están particularmente hambrientos, esto es, nuestro tiempo.

Hace algunos años me dediqué a la producción de un reportaje de televisión
para la BBC sobre el estado de la familia en Gran Bretaña. Para su
realización invité a una persona que en aquellos años era la mayor experta
en la custodia de los menores, Penelope Leach, y un viernes por la mañana
la llevé conmigo a una escuela primaria judía.

En esa ocasión Leach tuvo ocasión de asistir a una representación por parte
de los niños sobre lo que habrían visto esa misma noche en su casa,
alrededor de la mesa durante la cena. Había una madre y un padre de cinco
años que bendecían a sus hijos de cinco años bajo la mirada atenta de
ancianos abuelos de cinco años. Se quedó fascinada por la fuerza de esta
institución totalizante, y les preguntó a los niños por cuál fuera el
momento que más preferían del Shabbat. Un niño de cinco años se dirigió
hacia ella y le dijo: «es el único día de la semana en el que mi papá no
tiene que salir corriendo de casa». Cuando estábamos caminando de vuelta
del colegio, y tras haber apagado la cámara, Leach se dirigió a mí
diciéndome, «Rabino jefe, ese Shabbat tuyo está salvando los matrimonios de
sus padres».

Y así es. He aquí el modo que elegí para contarles esta historia, a la
manera hebrea, por así decirlo. Empezamos por la aparición de la
reproducción sexuada, luego pasamos por la demanda típicamente humana de
los cuidados parentales, por el sucesivo triunfo de la monogamia como
requisito básico para el logro de la igualdad humana, para llegar luego al
modo en que el matrimonio ha forjado nuestra visión de la moral y de una
vida religiosa basada en el amor, la alianza y la fidelidad y, finalmente,
hemos hallado en la conversación entre quien ama y quien es amado un modo
de interpretar la verdad. El matrimonio y la familia existen ahí donde la
fe halla su casa y donde la Presencia Divina vive en el amor entre los
cónyuges, padres e hijos.

¿Qué ha pasado? ¿Qué cambios han ocurrido? A continuación voy a proponer
una interpretación muy personal. Hace algunos años escribí un libro sobre
religión y ciencia en el que resumí con dos frases la diferencia sustancial
que existe entre ellas: «La ciencia desmonta las cosas para ver cómo
funcionan. La religión las junta para ver qué significan». Y es la misma
forma en la que hay que pensar la cultura. ¿Qué es lo que hace la cultura,
pone las cosas en relación o más bien tiende a separarlas?

Lo que convierte a la familia en algo tan excepcional, en una obra de noble
factura religiosa, es todo lo que la mantiene unida: el impulso sexual, el
deseo físico, la amistad, la compañía, la afinidad emocional, el amor, la
procreación de los hijos, el cuidado y la protección que hay que
asegurarles, además de una educación oportuna, y una introducción segura en
una identidad y en una historia concretas. Raramente una institución, por
sí sola, logra entretejer un abanico tan amplio de motivaciones y deseos,
roles y responsabilidades. El matrimonio reviste de sentido el mundo y le
confiere un rostro humano, el rostro del amor.

A causa de un número de motivos muy variados, algunos de los cuales tienen
que ver con los desarrollos de la ciencia en el ámbito biomédico (como el
control de los nacimientos, la fecundación in vitro y otras intervenciones
genéticas), algunos que atañen a asuntos éticos como la idea de que todos
tenemos la libertad de hacer cualquier cosa a condición de que no dañemos a
los demás, algunos relacionados con la transferencia de responsabilidades
del individuo al Estado, además de otros y más radicales cambios en la
cultura occidental, casi todo lo que con respecto al matrimonio antes unía,
ahora parece estar separando. La experiencia del sexo ha sido disociada del
amor, el amor del compromiso, el matrimonio del hecho de tener hijos y esto
último de la responsabilidad de cuidar de ellos.

El resultado ha sido que en 2012 en Gran Bretaña el 47,5% de los niños ha
nacido fuera del matrimonio y se prevé que en 2016 serán la mayoría. Cada
vez menos personas contraen el sacramento, las que se casan sólo lo hacen
tras haber tenido hijos, y el 42% de los matrimonios acaban con un
divorcio. En mi opinión, la convivencia no puede ser un subrogado del
matrimonio, aún más si consideramos que el promedio de las convivencias en
Gran Bretaña no llega a los dos años. Y las secuelas de todo esto se
registran en un aumento increíble, entre los jóvenes, de los trastornos de
la alimentación, la adicción al alcohol y a otras drogas, los trastornos
ligados al estrés, la depresión y los suicidios, intentados y consumados.
El colapso de la institución matrimonial ha creado una nueva forma de
pobreza que está afectando en particular a las familias monoparentales y,
entre éstas, quienes más resienten de la situación son las mujeres: en 2011
han sido las primeras de la lista, con un 92%, en encontrarse en una
situación familiar de este tipo.

Actualmente, en Gran Bretaña, más de un millón de niños están creciendo sin
ningún tipo de contacto con sus padres.

Esto está generando una discrepancia dentro de las sociedades que no se
registraba desde que, hace aproximadamente un siglo y medio, Disraeli habló
de la existencia de “dos naciones”. Los que tienen el privilegio de crecer
dentro de un contexto estable y caracterizado por la unión y el amor entre
dos personas serán sujetos medianamente más sanos tanto a nivel físico como
emocional. Tendrán un mayor éxito en la escuela y en el trabajo. Tendrán
suerte en las relaciones, serán más felices y vivirán largo y tendido. Y
sí, es cierto, hay muchas excepciones. Pero una injusticia parecida tarde o
temprano clamará desde la tierra [aquí se retoma implícitamente un paso de
la Génesis, 4:10. N.d.T.].

Y esto pasará a la historia como uno de los ejemplos trágicos de lo que
Friedrich Hayek llamaba “la presunción fatal” y que de alguna forma
conocemos mucho mejor que la sabiduría secular y que hasta puede sustraerse
a las enseñanzas de la biología y la historia.

No quiero en ningún modo desempolvar los prejuicios anticuados y limitados
del pasado. Esta semana en Gran Bretaña se ha estrenado una película que
cuenta la historia de una de las mentes más brillantes del siglo XXI, Alan
Turing, el matemático de Cambridge que sentó las bases filosóficas de la
informática y de la inteligencia artificial, y que jugó un papel central en
la victoria de la guerra al descifrar Enigma, el código naval alemán.
Después de la guerra, Turing fue arrestado y procesado a causa de su
orientación homosexual y, tras haber sido sometido a la castración química,
falleció con 41 años, según muchos envenenándose con el cianuro. Aquel es
un mundo al que jamás de los jamases deberíamos regresar.

Sin embargo, nuestra compasión hacia los que eligen vivir de otra forma no
puede dispensarnos de ser abogados de las institución en absoluto más
humanizante de la historia. La familia, formada por un hombre, una mujer y
unos hijos, no es una entre las muchas elecciones que tenemos a
disposición. No es un estilo de vida. Es el mejor significado que ha sido
descubierto nunca para criar a las futuras generaciones y para darles a los
niños la posibilidad de crecer en un contexto de estabilidad y amor. Es
donde aprendemos la delicada coreografía de la relacionalidad y mediante la
cual aprendemos a manejar los inevitables conflictos que existen dentro
cualquier colectivo humano. Es donde, por primera vez, experimentamos el
riesgo de dar y recibir amor. Es donde una generación pasa sus propios
valores a la sucesiva y, por ello mismo, garantiza la continuidad de una
cultura concreta. En cualquier tipo de sociedad la familia constituye la
encrucijada fundamental para su futuro y, por el bien de nuestros hijos y
de su futuro, hemos de ser sus defensores.

Al ser ésta una asamblea de hombres de fe, permítanme concluir mi ponencia
con la exegesis de un paso de la Biblia. La historia de la primera familia,
el primer hombre y la primera mujer en el jardín del Edén, en general no
suele ser considerada como una historia de gran éxito. Que creamos o no en
el pecado original, en cualquier caso no se resuelve con un desenlace
feliz. Sin embargo, tras haberle dedicado muchos años al estudio de este
texto, quiero proponer una lectura diferente.

La historia se cierra con tres versos que, a primera vista, no parecen
tener ninguna relación entre ellos. Ningún orden. Ninguna lógica. En el
Génesis (3:19), Dios le dice al hombre: «Con el sudor de tu rostro comerás
el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues
polvo eres, y al polvo volverás». Luego, en el siguiente verso, leemos: «El
hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos
los vivientes». Y en el sucesivo, «Y el Señor Dios hizo vestiduras de piel
para Adán y su mujer, y los vistió».

¿Cuál es la relación entre estos tres versos? ¿Por qué Dios le dijo al
primer hombre que era mortal y luego le animó a que le diera un nombre a su
esposa? ¿Y por qué ese gesto parece cambiar la actitud de Dios hacia ellos
al punto que decidió cumplir un acto de gran misericordia como proveerlos
de los indumentos, casi como si en un cierto sentido ya los hubiese
perdonado? Permítanme añadir que la palabra hebrea por “piel” casi no puede
distinguirse de la que usamos por “luz”, al punto que el Rabino Meir, el
grande sabio del siglo pasado, dio una interpretación distinta del texto,
diciendo que Dios les hizo “vestiduras de luz”. Pero, ¿qué significa todo
esto?

Si leemos atentamente el texto notamos que hasta ese memento el primer
hombre le había otorgado a su esposa un nombre puramente genérico.
Simplemente la había llamado ishah, esto es, “mujer”. Recordemos
de paso lo que dijo al verla por primera vez: «Ésta es ahora hueso de mis
huesos, y carne de mi carne; ella será llamada mujer, porque del hombre fue
tomada» (Génesis, 2:23). Para Adán ella era un simple cuerpo, no una
persona. No le había asignado un nombre propio, sino uno abstracto y, para
mayor escarnio, la define como un derivado suyo: algo tomado del hombre.
Para Adán, Eva todavía no es ningún otro, una persona aparte, hecha y
derecha, sino una mera proyección de sí mismo.

En la medida en que el hombre creía ser inmortal, entonces, básicamente no
necesitaba de ningún otro. Pero ahora se percata de su condición
irremediablemente mortal y de que un día volverá a ser polvo. Hay sólo una
manera para que algo de él pueda seguir existiendo después su muerte. Y ese
modo consiste en engendrar un hijo. Pero desde luego no puede hacerlo por
sí mismo y necesita a una mujer quien, a su vez, sola no puede dar a luz
ningún niño. Sólo ella tiene el poder de mitigar su mortalidad y no en
cuanto igual a él, sino justo porque es un ser fundamentalmente diferente.
En aquel momento, para Adán, la mujer deja de ser una simple entidad y se
convierte en una persona a parte, una persona con un nombre propio. Esto es
lo que el hombre le dio: el nombre Chavah, “Eva”, cuyo significado, y no a
caso, es “(la) que da la vida”.

En ese momento, justo mientras están a punto de dejar el Edén para encarar
el mundo tal y como lo conocemos nosotros, un lugar dominado por la
obscuridad, Adán cumplió el primer acto de amor hacia su esposa, dándole un
nombre propio de persona. Y es en ese momento que Dios se demuestra
misericordioso y les abastece de atuendos de piel (o como dijo el Rabino
Meir, de “vestiduras de luz”), para que taparan su dignidad.

Y es así que, desde entonces, cada vez que un hombre y una mujer se
encuentran en un vínculo de fidelidad mutua, Dios los viste de atuendos de
luz y ellos llegan a estar tan cerca de Dios como nunca lo habían estado,
dan origen a una nueva vida, convierten la prosa de la biología en la
lírica del espíritu humano y redimen la obscuridad del mundo mediante el
destello del amor.

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